Tres programas de inclusión social que impulsamos hace casi catorce años, durante mi administración en la Alcaldía de Quito, hoy podrían verse seriamente amenazados por las recientes reformas al COOTAD promovidas por el Ejecutivo y actualmente impugnadas ante la Corte Constitucional. Se trata de los Centros de Desarrollo Comunitario, Sesenta y Piquito y el Ciclo Básico Acelerado. Vale la pena recordar, una vez más, por qué nacieron, qué necesidades buscaban responder y por qué hoy, en medio de tanta fractura social, deberían ser más necesarios que nunca.
Logramos construir y poner en funcionamiento 42 Centros de Desarrollo Comunitario. Su sentido era claro y profundamente democrático: llevar equipamiento, cultura, cuidado y oportunidades a los barrios y sectores a los que históricamente casi nunca llegaba nada. Bajo una visión de desarrollo integral, estos espacios ofrecían biblioteca, ludoteca, salas de arte y creatividad, servicios educativos complementarios, apoyo a iniciativas de economía popular, acceso a nuevas tecnologías y mucho más. Pero, sobre todo, eran lugares de encuentro. Espacios donde niños, jóvenes, mujeres, vecinos y gestores culturales podían tejer comunidad, reconocerse y sentirse parte de algo mayor. Teníamos una preocupación especial por las niñas, niños y adolescentes que pasaban solos las tardes, sin acompañamiento familiar o sin alternativas formativas. Queríamos que el barrio también cuide, que la ciudad también abrace. El programa sobrevivió al cambio de nombre —hoy Casas Somos—, aunque con una oferta debilitada. Aun así, sigue siendo una herramienta fundamental para prevenir la violencia, contener la exposición de la niñez y la juventud a múltiples riesgos y reconstruir vínculos en los territorios. En su momento, registramos un promedio mensual de 104.500 personas participando en este programa.
Sesenta y Piquito fue siempre uno de los programas más entrañables para Andrea y para mí. Y no por nostalgia, sino por justicia. En el DMQ viven más de 260 mil personas adultas mayores, que representan el 9,8% de la población distrital. Sin embargo, apenas una minoría accede a los beneficios de la jubilación. Para muchísimas personas, la vejez no llega acompañada de descanso ni protección, sino de pobreza, soledad, enfermedad y abandono. Frente a esa realidad, concebimos Sesenta y Piquito como una política de cuidado e inclusión que pone en el centro la relación entre la persona y su entorno: la familia, el barrio, la comunidad, la sociedad. El objetivo era generar procesos de inclusión, recreación, participación y acompañamiento que permitieran a nuestros adultos mayores vivir una vejez activa, digna, alegre y con sentido. Pese a varios intentos de debilitarlo, la energía, la organización y la vitalidad de sus propios participantes han defendido este programa que, en el fondo, expresa lo mejor de una ciudad: su capacidad de cuidar a quienes ya entregaron tanto. Llegamos a atender a 16 mil hombres y mujeres en 332 puntos de encuentro, distribuidos en todas las administraciones zonales.
Otro programa emblemático fue el Ciclo Básico Acelerado. Nunca aceptamos la idea de que un chico o una chica que abandonó el colegio deba cargar esa exclusión para siempre. Negarle una segunda oportunidad a un(a) joven es condenarlo demasiado pronto. Por eso diseñamos un programa flexible, técnicamente sólido, capaz de ofrecer una respuesta eficaz y de calidad para garantizar el derecho a la educación básica y facilitar la reinserción escolar. No era solo una política educativa: era una apuesta ética por el futuro. Gracias a ese esfuerzo, logramos reescolarizar a 8.664 jóvenes.
Si de verdad existiera una decisión firme de enfrentar las causas profundas de la inseguridad; si realmente quisiéramos proteger a niñas, niños y jóvenes de la cooptación del delito; si nos importara fortalecer el tejido social, reconstruir la convivencia y devolver a la gente un sentido de pertenencia y esperanza, a nadie se le ocurriría poner en riesgo programas como estos. Estos programas no nacieron del escritorio frío de la burocracia. Nacieron del compromiso de servidores públicos enamorados de su trabajo, convencidos de que gobernar es cuidar, incluir y dignificar. Duele ver lo que ocurre ahora porque no se trata de disputas políticas ni estructuras burocráticas se trata de vidas concretas, de barrios, de personas. Se trata, en definitiva, del tipo de sociedad que queremos ser.
Augusto Barrera G.
