Cuando la calle se vuelve guerra

En estos días se han viralizado imágenes de un conductor que despliega una inusitada violencia verbal y física contra otro ciudadano y su hija pequeña. Impresiona la virulencia, la irascibilidad, la forma en que se desborda la agresión. También inquieta la pasividad de quienes presencian la escena. Al mismo tiempo, se ha informado de más de 300 detenidos este año en Quito por conducir en estado etílico. Y la lista podría extenderse sin dificultad hasta abarcar cada momento y cada espacio de la vida urbana: el que se pasa el semáforo, quien se salta la fila, el que maneja mientras usa su teléfono, quien irrespeta el paso cebra o invade un parqueadero reservado para personas con discapacidad.

La ciudad se ha ido convirtiendo en el escenario de una guerra cotidiana. Un espacio que, precisamente porque es de todos, termina siendo tratado como si no fuera de nadie y así cada uno parece sentirse autorizado a dar rienda suelta al mayor egoísmo posible. La ciudad se vuelve así la expresión de un profundo deterioro de la vida social, de un tejido comunitario debilitado, desconfianza interpersonal, imperio de la viveza, ley del que más grita o del que tiene padrinos. En estas circunstancias no solo será imposible enfrentar la inseguridad; será casi imposible construir nada duradero sobre la ruina moral de la sociedad.

Desde luego, estos procesos no aparecen de la nada. Hay causas estructurales: desigualdad, precarización, frustración, malestar social, pérdida de horizontes compartidos. También hay una pedagogía perversa que durante años ha legitimado estas conductas. Una pedagogía difundida desde élites políticas, mediáticas y económicas que han banalizado la norma, ridiculizado la integridad cívica y exaltado la viveza como signo de “inteligencia”. Respetar al otro parece ingenuidad y cumplir las reglas parece estupidez.

Hace algunos años, un conocido consultor político impulsó una estrategia electoral basada en la idea de que los quiteños “no somos suizos”. La frase parecía pícara, incluso realista. En verdad, era devastadora porque más allá de un eficaz recurso de campaña, mostraba que cualquier forma de convivencia que exigiera esfuerzo individual, respeto por normas colectivas o un mínimo sentido de empatía y comunidad estaba condenada al fracaso. Era, en el fondo, una renuncia a la posibilidad misma de construir virtud cívica. Se asumía que la gente es, en esencia, individualista, tramposa, desconfiada e incumplidora. La ciudad, en su momento, no solo toleró esa idea: la celebró con carteles. ¿Para qué reglas? ¿Para qué distinguir entre una conducta que cuida el bien común y otra que lo destruye?

Han pasado muchas cosas desde entonces, pero la sensación es la de una pérdida profunda y quizás irreversible del sentido colectivo, de respeto y pertenencia. Una ciudad crispada, irritable, fragmentada, donde parece que la gente vive al borde del estallido o la resignación. La violencia ya no aparece solo en los grandes hechos, sino en los gestos cotidianos condicionando nuestra vida. Suelo ser optimista, pero no puedo dejar de preguntarme ¿todavía estamos a tiempo de volver de esto? ¿Aún es posible reconstruir una ciudad fundada en la responsabilidad compartida?

Augusto Barrera G.

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